No Mires Atrás
No cesa de llover y la marquesina no da cobijo para tanta gente. Los que se han quedado...
No cesa de llover y la marquesina no da cobijo a tanta gente. Los que se han quedado a las puertas de la protección de la estructura, con sus paraguas abiertos, han conseguido crear un ambiente único. Esta leve oscuridad se ve interrumpida por el brillo tenue de unas pequeñas luciérnagas rectangulares a las cuales todo el mundo mira. Cada uno a la suya, sin prestar atención a las demás. Son móviles. Pequeños pedacitos de soledad que impiden el trasiego de miradas cómplices e intuitivas entre quienes nos encontramos en esta situación de falsa seguridad ante la lluvia. Sin sonido, sin movimiento, sin preocupaciones. De repente, todo el mundo levanta la vista hacia un punto fijo, como si fuese una pequeña coreografía de seres con el rostro iluminado. Es el autobús 7L, que irrumpe en la concentración grupal, la tranquilidad y el calor generados entre un número de personas, anónimas todas ellas. Miro al frente. No me había dado cuenta de que fui uno de los primeros en llegar y mi posición ventajosa ante el clima se acababa de tornar en un auténtico desafío colectivo. Tomé aire, pegué mis manos al pecho y, como quien no quiere despertar a un tigre durmiente, fui empujando suavemente hacia la claridad de la carretera con tímidos y casi inaudibles términos de perdón y disculpa. Pero el transporte estaba cada vez más cerca y, al encontrarme a mitad de camino, muchas de esas sutiles luces que iluminaban mi destino se fueron apagando. Como el preludio de que algo iba a suceder. Y así fue. En un instante, mi caminar ya no era mío, sino de los demás. De esa gente que compartía mi misma ambición por llegar hasta la claridad, esquivando los postes de hierro que soportaban nuestro refugio climático. De esos a los que no conocía pero que, en ese preciso instante, se convirtieron en la ayuda perfecta para lograr mis objetivos. Todo fue rápido, casi sin querer. Hasta que se detuvo. Habíamos entrado en la máquina de caminar automática que regía con puño de acero el incesante pitido del dispositivo inalámbrico para tarjetas de transporte. Implacable. Con ritmo decidido y voz chirriante, nos hacía caminar hacia las puertas del vehículo sin darnos opción alguna a la duda o la rectificación. Cada vez más alto, más cerca y más atrapado. Subir aquel pequeño escalón, que dejó huella en la parte baja de mi espinilla, me brindó la falsa sensación de estar a salvo y más cerca de casa. Mi turno llegó, mi pitido se escuchó; bajé la vista a mi propia luciérnaga con el fin de no incomodar a nadie con mi semblante mientras que, al mismo tiempo, me convencía de no mirar atrás.
¿Te ha gustado este microrrelato? ¡Pues no te pierdas mis libros!
Ver mis libros