Lejos de mí
Ya no coincidimos en el rellano. No abrimos la puerta al mismo tiempo ni compartimos...
Ya no coincidimos en el rellano. No abrimos la puerta al mismo tiempo ni compartimos el ascensor. ¿Por qué? Muy sencillo: la mirilla es mi cómplice en este complejo plan para evitarte. No quiero verte, ni siquiera que crucemos las miradas. Es difícil, no creas; he tenido que adaptar mis horarios para que no coincidan con los tuyos, para evitar ese saludo incómodo y eludir la situación. Quizás pienses que he cambiado de trabajo y no le prestes atención. O, al menos, eso es lo que me gustaría que imaginaras: que me muevo por otros lugares y caminos; que el destino no está escrito. Pero no se me ocurre otra solución ante lo sucedido en aquella tarde de tormenta que a todos nos pilló desprevenidos. Aquella en la que los únicos que no estaban empapados eran quienes no habían salido, librándose de tan tremendo aguacero y resguardados en sus casas de la lluvia… y de las miradas. Sigo mirando por la mirilla. Te veo aparecer y me invade una sensación incómoda desde lo más profundo de mi ser. Cierras la puerta al tiempo que mi corazón se calma, y desapareces de mi vista con la misma decisión con la que lo hace mi curiosidad. Espero que no nos volvamos a encontrar, que no estemos cerca el uno del otro. Que olvides que existo. Porque cada vez que pienso en aquella tarde, en la que estábamos los dos en el ascensor, mojados hasta el alma, y me sonreíste, me pongo a soñar. La timidez no me deja pensar, actuar y mucho menos hablar. Siento vergüenza de aquella tarde que recuerdo como una fotografía en mi mente cada vez que me despierto. Cierro los ojos y veo tu sonrisa.
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