Inanimado
Lo llamo. No contesta. Creo que siempre hace lo mismo porque para él no soy nadie. Solo...
Lo llamo. No contesta. Creo que siempre hace lo mismo porque para él no soy nadie; solo uno más, un maniquí de color carne que viene a molestar con sus incesantes peticiones. Se abre la puerta. Nada. Otra vez me encuentro con el mismo vacío de todos los días. Se hace el duro porque sabe que mañana volveré a incordiarlo, a molestarlo de nuevo. Me marcharé como si no hubiese pasado nada, como si no nos conociéramos. Entro y noto algo distinto: la luz. Se enciende y apaga de forma errática. No entiendo por qué nadie se preocupa por esta bombilla; al fin y al cabo, los dos dependemos de ella. Yo para ver y él para trabajar. Aun así, la puerta se cierra. Separo la vista de la intensidad de la luz y pulso el botón. De nuevo, más frialdad por su parte. Vuelve a ser la misma relación de acción y reacción: yo aprieto y él gruñe. No se queja, es su trabajo y lo cuidan bien, pero imagino que, en el fondo, le gustaría haber encontrado otra labor para su vida. Algo que no lo obligara a estar encerrado en un sitio tan oscuro y profundo; tal vez algo con más luz y mejores vistas. Al fin, esta tensa situación concluye cuando, de nuevo, la puerta se abre. Parece que todo ha ido bien, que no ha pasado nada, excepto ese dichoso parpadeo luminoso. Pero algo ha cambiado en mí. Ya no tengo miedo ni siento angustia. Por fin he salido del ascensor. Estoy a salvo.
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